Las farmacias rurales están en peligro. Así lo asegura a newtral.es la Sociedad Española de Farmacia Rural (Sefar), en boca de su presidente, Jaime Espolita: «Si no se hace nada, vamos a ser la última generación de farmacéuticos rurales de este país». Calcula que de aquí a 10 o 12 años habrán cerrado todas en pueblos de menos de 1.000 habitantes si antes no se pone remedio al problema: la baja rentabilidad, la falta de alicientes para quedarse y la «esclavitud», palabras textuales, que sufren muchos titulares de estas farmacias con guardias excesivas al ser un servicio esencial. «Hay compañeros con turnos de guardia de seis meses, e incluso algunos de hasta un año completo, los 365 días«, explica.

Lo primero: ¿qué es una farmacia rural? Sefar asegura que es aquella ubicada en una población rural que disponga de una única farmacia, que son normalmente de alrededor de 500 o 1.000 habitantes. Por eso también se les denomina farmacias rurales esenciales. Son en muchos casos el único punto sanitario cercano.

Las comunidades autónomas son las encargadas de delimitar por ley qué cantidad de farmacias debe haber en cada núcleo de población. Por ejemplo, en Andalucía la población mínima para la apertura de oficinas de farmacia es 2.800 habitantes por establecimiento. Aunque puede disminuirse ese umbral a 1.000 si hablamos de localidades “aisladas”. Otro ejemplo es el de Aragón, donde el umbral mínimo para abrir una farmacia en las zonas no urbanas es de 2.000 habitantes.

En todo caso, en España hay 22.071 farmacias y 2.128 están en municipios de menos de 1.000 habitantes y, de éstas, 1.208 en localidades por debajo de 500 habitantes.

En nuestro país los estudios indican que, desde el año 2001 hasta el 2017, el 61,7% de los municipios españoles perdieron población. Y los más perjudicados fueron los más pequeños; hasta 2018, el 64% de los municipios entre 501 y 1.000 habitantes perdieron población. A esto hay que sumarle que el 85,8% de los municipios de menos de 100 habitantes cuenta con una proporción de personas mayores de 64 años por encima del 30%. Es decir, las farmacias en esas zonas son imprescindibles porque prestan servicios a personas que no pueden irse a otra localidad para adquirir los medicamentos que necesita.

Un ejemplo de ello es la anécdota que siempre cuenta Espolita, que es el titular de una en Cabrillanes, León, con 855 habitantes censados: «Recuerdo que, cuando cerró aquí el cajero del banco, tres señoras entraron llorando a la farmacia. Yo pensaba que lo hacían por eso, pero resulta que no. Lloraban porque les había llegado el rumor de que, por el cierre del banco, yo también iba a cerrar mi farmacia. Y claro, ellos sin farmacia tienen que irse del pueblo porque son personas polimedicadas».

En esa misma línea, Alejandro Gálvez, farmacéutico rural y además vocal de la oficina de farmacia del Colegio Oficial de Farmacéuticos de Guadalajara (COFGU), asegura que si por lo que fuera él tuviera que cerrar su farmacia de Hiendelaencina (Guadalajara) «sería una hecatombe». «A mí me lo dicen. Si yo cerrara, la gente se iría del pueblo», comenta. Lo mismo que Espolita: «Si yo cierro pasado mañana la farmacia por lo que sea, los vecinos lo único que tendrán de prestación sanitaria es el médico dos horas al día y nada más», explica.

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